La realidad de los presupuestos y la deuda pública (Parte 1)

Primera de una serie de dos columnas

“Cada cual tiene derecho a sus propias opiniones, pero no a sus propios hechos”.
– Senador Daniel Patrick Moynihan

Debido al precario cuadro fiscal que presenta el Gobierno y la dura situación económica de la Isla, el tema de los presupuestos y la deuda gubernamental ha resurgido recientemente en la palestra pública. No obstante, podemos decir que el análisis (intencionalmente o no) ha estado carente de profundidad, y a veces hasta errado e incompleto. La tendencia en algunos medios ha sido, por ejemplo, puntualizar solamente la cantidad global de la deuda pública y atribuir a cada administración pasada una suma específica de endeudamiento. Aunque es importante contabilizar cada dólar de la deuda pública, esa cifra por sí sola no refleja en lo absoluto los méritos o deficiencias que representa para el Pueblo haber asumido esa cantidad de compromiso fiscal. Pongamos entonces la cuestión de los presupuestos y la deuda pública en su justa perspectiva.

Todo gobierno viene obligado a establecer un presupuesto y asumir cierto nivel de deuda. Es parte del funcionamiento de cualquier administración moderna, tal y como lo es para cualquier familia el tener que vivir dentro de un presupuesto establecido conforme a sus ingresos, y asumir la deuda de una hipoteca, de un préstamo de automóvil, personal o estudiantil. Una familia asume deuda para lograr ciertos objetivos: tener techo seguro, transportación confiable, lograr un grado universitario o hacer mejoras a la casa. En el caso del gobierno, la deuda se invierte en obras de infraestructura física o para financiar programas sociales. Como cualquier compromiso fiscal, el total de deuda que se debe asumir responsablemente viene basado en el potencial de repago. Esa capacidad de repago, para una familia, está centrada en sus ingresos o presupuesto. De manera similar, para un gobierno, la capacidad de repago de la deuda se basa en sus recaudos, que aumentan o bajan conforme al producto bruto de la economía.

Empecemos por el presupuesto gubernamental. Aquí hago la salvedad de que me limito a responder por los presupuestos que me tocó administrar como gobernador entre los años fiscales 1994 al 2000. Durante todos esos años, nos regimos estrictamente por el Artículo VI de la Constitución que estipula que las asignaciones presupuestarias para un año fiscal no pueden exceder los recursos totales para dicho año. La evidencia existente de los estados financieros auditados y validados documenta que al cierre de cada año fiscal durante nuestra incumbencia nunca nos excedimos y, de hecho, dejamos cada año un pequeño superávit. De igual forma, durante todos los años de nuestra incumbencia (excepto por el primer presupuesto del 1992-93), todos los recaudos del fisco muestran un superávit de entre 3% a 9% cada año por encima de los estimados presupuestados. De hecho, los recaudos aumentaron de $4 mil millones en el 1993 a $7 mil millones para el 2000. Esta rigurosidad y transparencia en el manejo de las finanzas públicas fue reconocida en múltiples ocasiones por la National Association of State Budget Officers (NASBO) y la Government Finance Officers Association (GFAO), que aplaudieron el logro de publicar los estados financieros del Gobierno en un periodo menor de seis meses luego del cierre del año fiscal.

Cabe señalar también que estos aumentos en recaudos se logran dentro del marco de dos rebajas contributivas significativas que se legislaron en el 1994 y 1999. Esto, aunque suene contradictorio, se pudo hacer por varias razones lógicas. Primeramente, junto a las rebajas contributivas se mejoró la eficacia en la colección de tributos. Al mismo tiempo, vimos en esa época un crecimiento económico (producto bruto real) sostenido de un 3% anual en promedio. A lo que se suma una mayor participación de los contribuyentes y una menor evasión contributiva.

Fue en este ambiente de responsabilidad fiscal y crecimiento económico sostenido que se asumió la deuda para invertir en obras de gran envergadura como el Superacueducto, el Tren Urbano, el Centro de Convenciones, el Coliseo de Puerto Rico, el Museo de Arte de Puerto Rico, 200 millas de nuevas carreteras, puentes, desvíos, nuevas escuelas, parques de bombas y tantas otras obras que hoy siguen dando servicio al Pueblo.

En nuestra próxima columna discutiremos los pormenores de esa deuda asumida dentro de los márgenes prestatarios comprometidos.


Fuente: http://www.vocero.com/la-realidad-de-los-presupuestos-y-la-deuda-publica-parte-1/